La Música

Música para la felicidad

Monumento a Johann Strauss, una estatua de bronce dorada que fue inaugurada en 1921 para rendirle homenaje. Se encuentra en el parque más famoso de Viena, Stadtpark

Una de las tradiciones del Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, seguido por millones de personas a través de la radio y la televisión en todo el mundo, es que la primera propina sea “El bello Danubio azul”. Nada más sonar las primeras notas del vals que el pueblo austríaco acabó convirtiendo en su más querido himno, el público lo interrumpe con sus aplausos y el director aprovecha la ocasión para desear a todos un feliz año nuevo.

Como en todas las tradiciones que merecen la pena ser conservadas, el hecho de saludar al Año Nuevo con los valses, polcas, oberturas y marchas de la familia Strauss se ha convertido en una cita concertística habitual en los mejores auditorios y teatros del mundo. Hablar, por tanto, de fiebre de valses en las grandes ciudades europeas es certificar el incuestionable gancho popular de una música que nació para ser bailada y, gracias sobre todo al genio de Johann Strauss hijo, acabó convirtiéndose también en música para ser disfrutada en grandes auditorios y teatros.

 

Como todas las danzas, el vals es un producto de su tiempo y, aunque no nació en Viena, todo el mundo identifica los valses con la Viena imperial. Uno de sus orígenes está en los laender, una danza popular que se bailaba en el Tirol y en Baviera a mediados del siglo XVIII. No tenían nada que ver con el minueto francés ni con la contradanza inglesa. Eran danzas de sabor rústico y encanto rítmico que cultivaron compositores como Franz-Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Franz Schubert. Los valses bebieron de esas fuentes, pero adquiriendo pronto su propia e irresistible personalidad propia. El vals, tal y como hoy lo entendemos, nació a comienzos del siglo XIX de la mano de Joseph Lanner (1801-1843) y alcanzo su apogeo con la familia Strauss.

El legado musical creado por la dinastía de Johann Strauss padre (1804-1849) y sus hijos Johann Strauss II (1825-1899), Joseph (1827-1870) y Eduard (1835-1916) es descomunal en términos de cantidad y de calidad. Música para la felicidad, sin duda, admirada por músicos de personalidades tan distintas como Richard Wagner, Johannes Brahms, Robert Schumann, Anton Bruckner, Giuseppe Verdi, Gustav Mahler o los padres de la Segunda Escuela de Viena, Arnold Schoenberg, Alban Berg y Anton Webern, quienes realizaron sofisticados arreglos camerísticos de los famosos valses strausianos en una atmósfera que remite ineludiblemente al cálido ambiente de los cafés de Viena en los que podía disfrutarse esa música popular que enamoraría a tantas generaciones de melómanos.

 

Otro gran músico fascinado por los valses fue Johannes Brahms, que logró convertir en auténticos clásicos populares sus Danzas húngaras. Brahms amaba con locura los valses de Johann Strauss hijo, y sentía una mezcla de devoción y sana envidia por uno en particular “El bello Danubio azul”. En una ocasión, tras una copiosa y bien regada cena, el viejo y orondo compositor garabateo los primeros compases de su vals preferido en el abanico de Adele Strauss y se lo dedicó con una reveladora confesión: “Lamentablemente no compuesto por Johannes Brahms”.

Portada de la partitura de "El bello Danubio Azul", 1867.

La música de los Strauss desafía el paso del tiempo. En los años 1820, la danza vienesa por antonomasia dejó de ser un divertimento local para lanzarse a la conquista de todo el mundo. El salto de las pequeñas orquestas dirigidas por violín en mano de Lanner y Johann Strauss padre a las plantillas sinfónicas soñadas por el autor de “El vals del Emperador” fue colosal y contó siempre con el favor del público. Viena acabó viviendo a ritmo de tres por cuatro y su rey indiscutible fue Johann Strauss II,  llamado con toda justicia el rey del vals.  En sus años de apogeo, Viena vibraba con los valses en espacios tan inmensos como el Odeon, dotado con un jardín de invierno con 8.000 plantas, fuentes artificiales, elegantes restaurantes y una gigantesca sala de baile que podía acoger hasta 15.000 personas.

 

Música para la felicidad, como decíamos antes, y música que ha sabido ganarse, generación tras generación, el favor del público: hoy, como hace un siglo, los valses suscitan entusiasmo allá donde suenan, sea en un café, en una sala de baile, en una cena de gala, en un auditorio o en un teatro de ópera. 

 

Más alla de la evidente dificultad teórica para separar una música denominada culta de otra denominada popular –quizá lo más sensato sería eliminar de una vez por todas la pedante etiqueta de música culta aplicada sólo al repertorio clásico, como si no fueran tan cultas otras músicas- lo que conviene es tomarse muy en serio el talento de los compositores que, desafiando el paso del tiempo, consiguen mantener vivo el interés popular hacia sus partituras. La interpretación es el motor que mantiene viva la partitura: sin interpretación no existe la obra musical y esa obra sólo cobra vida cuando los intérpretes la transmiten al público. Es el público quien mantiene vivo el genio de Johann Strauss II.

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